En aquel tiempo, Jesús bajó del monte con los Doce , se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!
¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre!
¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas.
PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:
El Evangelio de hoy nos presenta las bienaventuranzas según la versión de S. Lucas. «El Sermón de la montaña está dirigido a todo el mundo, en el presente y en el futuro y sólo se puede entender y vivir siguiendo a Jesús, caminando con él» (Benedicto XVI, ángelus 30/01/2011). Jesús enseña el camino de la vida, el camino que Él mismo recorre, es más, que Él mismo es, y lo propone como camino para la verdadera felicidad. El Señor es el primero que las hizo vida y las propone para sus discípulos, para todo aquel que quiere recorrer su mismo camino, es vivir ya aquí los valores del Reino y alcanzar la felicidad en plenitud. Las Bienaventuranzas nos colocan delante del mismo Señor, Él las hizo vida y son las condiciones necesarias para ser seguidor suyo, es llamada por algunos como la Carta Magna o Constitucional para la ciudadania evangélica, son el programa de vida y el cuestionario de examen al que constantemente hemos de remitirnos para ver si vamos por el buen camino.
Comienza con la palabra: “Bienaventurados”, es decir, Felices, dichosos, afortunado, contento…sin embargo, en la lógica de nuestro mundo, de nuestra cultura, los que Jesús proclama bienaventurados son considerados “perdedores”, débiles.
En cambio, es dichoso el que encuentra su alegría en los dones que recibe cada día de Dios, sabe sorprenderse, se admira de todo lo que recibe, eso le hace ser agradecido y también, aprende a valorar tantos dones, se ve pequeño, humilde… Las bienaventuranzas nos sacan de nuestras propias convicciones, ideas, seguridades… ya que nos vemos inmersos e influenciados por el pensamiento de nuestra época que pone sus seguridades en el éxito, en los bienes, en los honores,… y nada de esto nos es ajeno, también nos atrapa a nosotros y nos ponemos en el centro, creemos que todo gira en torno a uno mismo, nos encerramos en nosotros mismos y terminamos experimentamos que eso no nos termina de saciar, que nuestro corazón tiene capacidad para más, que hay hambre de plenitud que nuestros egoísmos nos siguen dejando vacíos. Cuando no nos cerramos a la trascendencia, le dejamos un hueco a Dios para que pueda entrar en nuestras vidas, comenzamos a experimentar como les pasaba a los discípulos que se iban llenando de alegría, el seguidor de Jesús es testigo de esa alegría que brota del corazón y no te la dan los acontecimientos, ni las cosas, que no depende que Dios entre en mis lógicas, sino más bien en confiar en Él, el discípulo se alegra con la alegría que le viene de Jesús. Nos abre a la verdadera felicidad, que a menudo se encuentra donde nosotros no pensamos. Se deja guiar por el Señor, le abre su corazón, lo escucha y desea seguirlo, sin ponerle condiciones, se abre a las sorpresas de Dios y crece en los frutos de su espíritu.