Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:
“Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.
PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:
En el Evangelio de hoy nos encontramos con la oración que el mismo Señor enseñó a los discípulos. Santo Tomás de Aquino nos dice que se trata de la oración más perfecta, pues en ella pedimos todo lo que podemos anhelar. Esta oración nos enseña a acercarnos a Dios con toda confianza y a relacionarnos con el Padre con conciencia filial, con seguridad, humildad y con la certeza de ser amados.¡Padre Nuestro! Santa Teresa de Ávila decía que a menudo le bastaban estas dos palabras para sumirse en larga oración. Llamar a Dios “Padre”. Expresa esta doble condición: la paternidad de Dios sobre nosotros (somos hijos) y nuestra fraternidad respecto de los demás (nos hace hermanos).
Contamos con las catequesis impartidas en las Audiencias Generales por el Papa Francisco sobre el Padre Nuestro, iniciadas a finales del 2018, concretamente, el 5 de diciembre, a modo de muestra traigo este subrayado que son del año siguiente: “Las invocaciones del «Padre Nuestro» son siete, fácilmente divisibles en dos subgrupos. Las tres primeras tienen el «Tú» de Dios Padre en el centro; las otras cuatro tienen en el centro el «nosotros» y nuestras necesidades humanas. En la primera parte, Jesús nos hace entrar en sus deseos, todos dirigidos al Padre: «Santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad»; en la segunda es Él quien entra en nosotros y se hace intérprete de nuestras necesidades: el pan de cada día, el perdón de los pecados, la ayuda en la tentación y la liberación del mal.
Aquí está la matriz de toda oración cristiana, —diría de toda oración humana— que está siempre hecha, por un lado, de la contemplación de Dios, de su misterio, de su belleza y bondad, y, por el otro, de sincera y valiente petición de lo que necesitamos para vivir,” (Audicncia General, 27 febrero 2019).