Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?». Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?». Él contestó: «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”». Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar». Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?». Él respondió: «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió: «Tú lo has dicho».
PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:
En el Evangelio de hoy nos encontramos con la misma escena de ayer, hoy explicada por el evangelista Mateo. Se nos invita a ahondar en la traición de Judas. En este miércoles santo tenemos la posibilidad de poner delante nuestras culpas, ver nuestra fragilidad, que nadie estamos libres de sucumbir ante la tentación, recuerda las palabras de la Sagrada Escritura para el que se siente seguro, ¡cuidado!, no caiga; es importante que no enmascaremos nuestras pobrezas, que podamos entregarle al Señor todo, -como decía Santa Teresa de Calcuta: “al Señor se lo he dado todo, también mis pecados”-, nos ayudará mucho tomar conciencia de que somos pecadores, débiles, frágiles y que quien nos sostiene es el Señor.
El Papa Benedicto nos acerca a la relación de Judas con el Señor, como no tuvo la dicha de encontrarse con Él, más bien fueron las ideas, la concepción que se había forjado, y claro no entendía, no comprendía, le rompió los esquemas, se aferró a sus ideas y se sintió desfraudado: “Jesús sabía que incluso entre los doce Apóstoles había uno que no creía: Judas. También Judas pudo haberse ido, como lo hicieron muchos discípulos; es más, tal vez tendría que haberse ido si hubiera sido honrado. En cambio, se quedó con Jesús. Se quedó no por fe, no por amor, sino con la secreta intención de vengarse del Maestro. ¿Por qué? Porque Judas se sentía traicionado por Jesús, y decidió que a su vez lo iba a traicionar. Judas era un zelote, y quería un Mesías triunfante, que guiase una revuelta contra los romanos. Jesús había defraudado esas expectativas. El problema es que Judas no se fue, y su culpa más grave fue la falsedad, que es la marca del diablo. Por eso Jesús dijo a los Doce: «Uno de vosotros es un diablo». Pidamos a la Virgen María que nos ayude a creer en Jesús, como san Pedro, y a ser siempre sinceros con él y con todos.” (P. Benedicto XVI, Ángelus 26/08/2012)
Las grandes infidelidades comienzan por lo pequeño, y también nuestra perseverancia final se construye en los detalles de cada día.