El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él».
PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:
En el Evangelio de hoy comprobamos las resistencias por las que pasó el Señor, sus mismos paisanos se resistían a creer. Al Señor le duele la incredulidad, no porque lo rechacen a Él, sino por el daño que se infringen a sí mismos con esta actitud. “Dios ha revelado que su amor hacia el hombre, hacia cada uno de nosotros, es sin medida: en la Cruz, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, nos muestra en el modo más luminoso hasta qué punto llega este amor, hasta el don de sí mismo, hasta el sacrificio total. Con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, Dios desciende hasta el fondo de nuestra humanidad para volver a llevarla a Él, para elevarla a su alteza. La fe es creer en este amor de Dios que no decae frente a la maldad del hombre, frente al mal y la muerte, sino que es capaz de transformar toda forma de esclavitud, donando la posibilidad de la salvación. Tener fe, entonces, es encontrar a este «Tú», Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible que no sólo aspira a la eternidad, sino que la dona; es confiarme a Dios con la actitud del niño, quien sabe bien que todas sus dificultades, todos sus problemas están asegurados en el «tú» de la madre. Y esta posibilidad de salvación a través de la fe es un don que Dios ofrece a todos los hombres.” (P. Benedicto XVI, Audiencia General 24/10/2012)
Comentando este mismo texto evangélico, S. Juan Crisóstomo: “Fíjate, te lo ruego, en la amabilidad del Maestro: no les castiga por no escucharle, sino que dice con dulzura: “Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio”. Es Evidente que Jesús se iría triste de allí, pero continuaría rogando para que su palabra salvadora fuera bien recibida en su pueblo, y nosotros tendremos que orar para que la palabra del Señor llegue a aquellos a quienes amamos.»
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre», dice Jesús. Dios ha asumido un rostro humano. Nos ama hasta el punto de dejarse clavar por nosotros en la cruz, para llevar los sufrimientos de la humanidad hasta el corazón de Dios.
Hoy la Iglesia recuerda, en el día de los trabajadores, a san José Obrero. Padre y Custodio del Señor. El Evangelio, lo nombra como un artesano, y Jesús es conocido en su pueblo como el hijo del carpintero. A Jesús fue san José quien le enseñó el trabajo manual como sustento de sus vidas. José es el símbolo de la prudencia, del silencio, de la generosidad, de la dignidad y de la aplicación en el trabajo; también lo es de los derechos y de los deberes respecto del trabajo.
Pidamos por la dignidad de los trabajadores y porque no le falte el empleo a ningún ser humano.