Mt 5, 27-32: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna. Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:
En el Evangelio de hoy el Señor sigue profundizando para dar plenitud sobre algunos puntos de la ley antigua. Concretamente, aborda el tema del adulterio, es una grave falta y afecta esencialmente al matrimonio, ya hay adulterio cuando hay infidelidad del corazón;  el ejemplo que pone el Señor de arrancarse un ojo o una mano, puede parecer un tanto duro este lenguaje, desde luego que no debe ser tomado al pie de la letra pues esta ejemplificando la importancia y lo doloroso que a veces puede resultar el apartarse de las ocasiones de pecado. Si alguna realidad, persona o lugar te son ocasión de pecar, huye, aléjate de ellas, una retirada a tiempo puede ser una victoria, corta con todo lo que pueda ser ocasión de mal para tí, o no agrade a Dios por ser  una ofensa contra el amor. Es posible echar de raíz todo lo que nos aleje de Dios, aún cuando nos parezca que es demasiado radical, pidamos al Señor que nos muestre que cosas en nuestra vida necesitan ser podadas por Él.
También hoy celebramos la memoria de S. Antonio de Padua, acudo a la Audiencia General del Papa Benedicto XVI, la del 10 de febrero de 2010: “san Antonio de Padua o, como también se le suele llamar, de Lisboa, refiriéndose a su ciudad natal. Se trata de uno de los santos más populares de toda la Iglesia católica. […] Nació en Lisboa, en una familia noble, alrededor de 1195, y fue bautizado con el nombre de Fernando. Entró en los Canónigos que seguían la Regla monástica de san Agustín, primero en el monasterio de San Vicente en Lisboa y, sucesivamente, en el de la Santa Cruz en Coimbra, célebre centro cultural de Portugal. Se dedicó con interés y solicitud al estudio de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, adquiriendo la ciencia teológica que utilizó en la actividad de enseñanza y de predicación. En Coimbra tuvo lugar el episodio que imprimió un viraje decisivo a su vida: allí, en 1220 se expusieron las reliquias de los primeros cinco misioneros franciscanos, que habían ido a Marruecos, donde habían sufrido el martirio. Su testimonio hizo nacer en el joven Fernando el deseo de imitarlos y de avanzar por el camino de la perfección cristiana: pidió dejar los Canónigos agustinos y hacerse Fraile Menor. Su petición fue acogida y, tomando el nombre de Antonio, también él partió hacia Marruecos, pero la Providencia divina dispuso las cosas de otro modo. A consecuencia de una enfermedad, se vio obligado a regresar a Italia y, en 1221, participó en el famoso «Capítulo de las esteras» en Asís, donde se encontró también con san Francisco. Luego vivió durante algún tiempo totalmente retirado en un convento de Forlí, en el norte de Italia, donde el Señor lo llamó a otra misión. Por circunstancias completamente casuales, fue invitado a predicar con ocasión de una ordenación sacerdotal, y demostró que estaba dotado de tanta ciencia y elocuencia, que los superiores lo destinaron a la predicación. Comenzó así, en Italia y en Francia, una actividad apostólica tan intensa y eficaz que indujo a volver a la Iglesia a no pocas personas que se habían alejado de ella. Asimismo, fue uno de los primeros maestros de teología de los Frailes Menores, si no incluso el primero. Comenzó su enseñanza en Bolonia, con la bendición de san Francisco, el cual, reconociendo las virtudes de Antonio, le envió una breve carta que comenzaba con estas palabras: «Me agrada que enseñes teología a los frailes». […]. Elegido superior provincial de los Frailes Menores del norte de Italia, continuó el ministerio de la predicación, alternándolo con las funciones de gobierno. Cuando concluyó su cargo de provincial, se retiró cerca de Padua, donde ya había estado otras veces. Apenas un año después, el 13 de junio de 1231, murió a las puertas de la ciudad. […] El propio Papa Gregorio IX, que después de haberlo escuchado predicar lo había definido «Arca del Testamento», lo canonizó apenas un año después de su muerte, en 1232, también a consecuencia de los milagros acontecidos por su intercesión.
[…] La riqueza de enseñanzas espirituales contenida en los «Sermones» es tan grande, que el venerable Papa Pío XII, en 1946, proclamó a san Antonio Doctor de la Iglesia, atribuyéndole el título de «Doctor evangélico», porque en dichos escritos se pone de manifiesto la lozanía y la belleza del Evangelio; todavía hoy podemos leerlos con gran provecho espiritual.”
En el pasaje de hoy vemos lo drástico  que el Señor pide luchar contra todo aquello que dañe el amor, el mal rompe o distancia el amor, hay que cuidar el amor, preservarlo, defenderlo, mimarlo.
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Jesús Aguilar Mondéjar

Consiliario del Movimiento de Cursillos de Cristiandad de la Diócesis de Cartagena.

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