Jn 15,26-16,4: El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí

Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.
Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho. No os dije estas cosas desde el principio porque estaba con vosotros. 
PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:
El Evangelio de hoy sigue presentándonos al gran desconocido, el Espíritu de la verdad, y lo presenta unido al testimonio. Preparando Pentecostés, advirtiéndonos que con la fuerza de él no debemos tener miedo a las pruebas que se irán presentando.
  “Desde el día de Pentecostés la luz del Señor resucitado transfiguró la vida de los Apóstoles. […] sólo Cristo puede colmar plenamente las expectativas profundas de todo corazón humano y responder a los interrogantes más inquietantes sobre el dolor, la injusticia y el mal, sobre la muerte y el más allá. […] Sólo de Dios puede venir el cambio decisivo del mundo. […] recibiendo al Espíritu Santo, son enviados por Cristo a proseguir su misma misión. […]Los cristianos  sólo pueden ser esperanza en el mundo y para el mundo  si, como Cristo, no son del mundo. […]Son muchas las situaciones difíciles que esperan una intervención salvadora. Llevad al mundo la esperanza de Dios, que es Cristo Señor, el cual resucitó de entre los muertos y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.” (P. Benedicto XVI, homilia 19/10/2006)
“¿quién es el Espíritu Santo? […] es el gran don de Cristo Resucitado que abre nuestra mente y nuestro corazón a la fe en Jesús como Hijo enviado por el Padre y que nos guía a la amistad, a la comunión con Dios.
[…] Jesús vino para donarnos esta «agua viva» que es el Espíritu Santo, para que nuestra vida sea guiada por Dios, animada por Dios, nutrida por Dios. […] Nosotros sabemos que el agua es esencial para la vida; sin agua se muere; ella sacia la sed, lava, hace fecunda la tierra. […] El «agua viva», el Espíritu Santo, Don del Resucitado que habita en nosotros, nos purifica, nos ilumina, nos renueva, nos transforma porque nos hace partícipes de la vida misma de Dios que es Amor. […] Este es el don precioso que el Espíritu Santo trae a nuestro corazón: la vida misma de Dios, vida de auténticos hijos, una relación de confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de Dios, que tiene como efecto también una mirada nueva hacia los demás, cercanos y lejanos, contemplados como hermanos y hermanas en Jesús a quienes hemos de respetar y amar. El Espíritu Santo nos enseña a mirar con los ojos de Cristo, a vivir la vida como la vivió Cristo, a comprender la vida como la comprendió Cristo. He aquí por qué el agua viva que es el Espíritu sacia la sed de nuestra vida, porque nos dice que somos amados por Dios como hijos, que podemos amar a Dios como sus hijos y que con su gracia podemos vivir como hijos de Dios, como Jesús.” (P. Francisco, Audiencia General 8/05/2013)
Celebramos hoy la memoria de san Felipe Neri, presbítero. Que nació en Florencia, Italia, en 1515.  El 23 de mayo de 1551 recibió las órdenes sagradas. Tenía 36 años. A partir de ese momento, ejerció el apostolado sobre todo en el confesonario, en el que se sentaba desde la madrugada hasta mediodía, algunas veces hasta las horas de la tarde, para atender a una multitud de  penitentes de toda edad y condición social. Se consagró a la labor de salvar a los jóvenes del maligno, enseñaba la importancia de llenar la mente con pensamientos santos y pensaba que para lograrlo se debía hacer lectura espiritual, especialmente de los santos. Consideraba que era muy importante la formación. Para ayudar en el crecimiento espiritual, organizaba conversaciones espirituales en las que se oraba y se leían las vidas de los santos y misioneros. Terminaban con una visita al Santísimo Sacramento en alguna iglesia o con la asistencia a las vísperas. El pueblo los llamaba «los Oratorianos». Las reuniones fueron tomando estructura con oración mental, lectura del Evangelio, comentario, lectura de los santos, historia de la Iglesia y música. San Felipe tuvo muchos éxitos pero también gran oposición. El santo comprendía que era Dios quien le probaba y que la solución era la oración.
Resplandeció por el amor al prójimo, la sencillez evangélica, su espíritu de alegría, el sumo celo y el servicio ferviente a Dios.
Durante sus últimos años fueron muchos los cardenales que lo tenían como consejero. Sufrió varias enfermedades. Subió al Cielo en las primeras horas del 26 de  mayo de 1595. San Felipe fue canonizado en 1622.
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Jesús Aguilar Mondéjar

Consiliario del Movimiento de Cursillos de Cristiandad de la Diócesis de Cartagena.

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