En aquel tiempo, Jesús les habló de nuevo diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Le dijeron los fariseos: «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero». Jesús les contestó: «Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y adónde voy; en cambio, vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie; y, si juzgo yo, mi juicio es legítimo, porque no estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado, el Padre; y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo doy testimonio de mí mismo, y además da testimonio de mí el que me ha enviado, el Padre». Ellos le preguntaban: «¿Dónde está tu Padre?». Jesús contestó: «Ni me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre». Jesús tuvo esta conversación junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.
PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:
El Evangelio de hoy nos presenta la disputa sobre la identidad de Jesucristo. El Señor se presenta a los judíos como la luz del mundo. Él es quien puede dar sentido a los anhelos y esperanzas del ser humano, el que puede calmar todas las sed que se nos presentan a los hombres, el que responde a tantos interrogantes y necesidades de dicha y felicidad que todo corazón humano esconde. En efecto, la Palabra de Dios es la única luz que necesita el hombre. Pero las palabras del Señor ofenden a sus interlocutores y estos se escandalizan. Sin embargo, Él no puede negar quién es.
Al leer el pasaje evangélico surge espontánea la consideración de cuán duro es testimoniar con autenticidad a Cristo. El mundo no quiere oír hablar de un Dios que llama a tomar la cruz, a servir y a dar la vida por los demás. Necesitamos estar muy tocados por la gracia y el espíritu del Señor para difundir la verdadera luz de Cristo, aunque encontremos oposición. El papa Francisco no para de alentarnos a ir contracorriente, a recordarnos que el reto es grande, que aunque nos podamos encontrar con dificultades siempre pueden ser una oportunidad que se nos brinda para crecer en la entrega, en el sacrificio y en la donación. Estamos llamados a ser testigos, y con todo nuestro ser, testigos desde nuestro predicar pero no menos testigos en nuestras acciones, que al ver a los cristianos desprendamos ese buen olor de Cristo, que quien nos vea a nosotros pueda alabar y glorificar a Ntro. Señor, “que viendo vuestras buenas obras alaben a Dios”.