Cuando terminó de hablar, un fariseo le rogó que fuese a comer con él. Él entró y se puso a la mesa. Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: «Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo.
PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:
En el Evangelio de hoy el Señor viene a recordarnos que no es la apariencia, que no se queda en lo externo, que mira al corazón. El Papa Francisco en las misas matutinas de Santa Marta nos comenta este pasaje evangélico: “Se escandalizaban de las cosas que hacía Jesús cuando perdonaba los pecados, cuando curaba en sábado. Se rasgaban las vestiduras: “¡Qué escandalo! Ese no es de Dios, porque lo que hay que hacer es esto”. No les importaba la gente: les importaba la Ley, las prescripciones, las rúbricas. Pero Jesús acepta la invitación a comer del fariseo, porque es libre, y va a su casa. Al fariseo, escandalizado por su comportamiento que traspasa las reglas, Jesús le dice: «Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad». No son palabras bonitas. Jesús hablaba claro, no era hipócrita. Hablaba claro. Y le dice: “¿Pero, porqué miráis lo externo? Mira qué hay dentro”. Otra vez les dijo: «Sois como sepulcros blanqueados». ¡Bonito piropo! Bellos por fuera, todos perfectos… Pero por dentro llenos de podredumbre, es decir, de rapiña y maldad, les dice. Jesús distingue las apariencias de la realidad interna. Estos señores son los “doctores de las apariencias”: siempre perfectos, pero ¿por dentro qué hay?”
No olvidemos que de un corazón convertido brotarán el bien, es del corazón de dónde brotan las buenas acciones y que hemos de esforzarnos por fomentar la bondad del corazón que nos lleve a crecer en el amor y repercuta en los demás. La llamada fundamental es a la caridad, al ejercicio de ella en nuestro día a día, el proyecto fundamental del hombre es amar. La limosna hace puro el corazón del hombre si es el resultado del amor a los demás. Lo que brota del corazón es lo que mancha al hombre o lo que lo engrandece. “Por sus frutos los conoceréis” nos resalta la Sagrada Escritura. La autenticidad del amor a Dios se pone a prueba en el amor al prójimo. Ser cristiano significa poner primero el amor. Todo lo demás, ceremonias, liturgias, ritos… son formas que si se hacen de corazón agradan a Dios, pero carecen de sentido si les falta la caridad, ya nos lo recuerda S. Pablo en su himno a la caridad, “no me sirve, no me vale, si me falta el amor”.
“Dad limosna de lo que hay dentro”…La limosna según los criterios del Señor debe realizarse sin que lo sepa tu otra mano, nos esta invitando a hacer el bien sin esperar nada a cambio, hacer el bien a escondidas, sin hacer sonar la trompeta, hacer el bien con humildad, “tú puedes hacer todo el bien que quieras pero si no lo haces humildemente, como nos enseña Jesús, este bien no sirve, porque es un bien que nace de ti mismo, de tu seguridad, no de la redención que Jesús nos ha dado”. (P. Francisco, homilia 11/10/2016).